Es una expresión que no añadí en mi blog anterior. Así me siento yo cada vez que me toca defender mis principios irrenunciables a favor de la familia y la vida. Son muchos años ya y me temo que al principio encontraba más comprensión y con el tiempo cada vez está más asumido por la sociedad todo lo contrario a lo que yo predico, incluso por la derecha. Esto hace que me plantee si vale la pena esta lucha en solitario, pero la verdad es que el respeto con el que algunos disienten me anima a seguir porque pienso que al menos no pierdo el tiempo y me relaciono con gente; ya que en mi vida privada también estoy bastante sola.
Dejando aparte la familia, mis amistades se pueden contar con los dedos de una mano, y sobran dedos, aparte de no ser muy profundas. Pero como dice Juan Manuel de Prada (con quien disiento en algún tema), quien se presta a ir a contracorriente tiene que estar dispuesto a pagar el precio de ser un proscrito. Y yo acepté las condiciones desde el primer blog que tuve en el cual tuve que defender a las víctimas del terrorismo, hasta hoy que sigo, erre que erre, afirmando que la homosexualidad es una patología y el aborto, un crimen. Ya sé que nunca voy a ser la más popular de este mundillo, pero me conformo con mantenerme en la brecha.
LOS JARDINEROS DEL ODIO
JUAN MANUEL DE PRADA
Este resorte del odio no ha sido disparado por casualidad, sino que ha sido una obra minuciosamente sembrada y cultivada
El resultado de las elecciones autonómicas catalanas nos
confirma que la siembra del nacionalismo catalán ha rendido sus frutos
venenosos; y que la senda que conduce al desmembramiento de España esta
cada vez más expedita. Estas elecciones han sido, sin duda alguna, esa
«gran sacudida» provocada por el odio a la que se refería el gran poeta
Joan Maragall cuando escribía: «El desamor es la levadura popular del
catalanismo, lo más sentido por la masa (…). Su resorte está en el odio
(…). Este resorte, tocado hábilmente a tiempo o disparado por
casualidad, producirá una gran sacudida». Naturalmente, este resorte del
odio no ha sido disparado por casualidad, sino que ha sido una obra
minuciosamente sembrada y cultivada, tal como afirma otro catalán
ilustre, Prat de la Riba, quien reconocía sin ambages que extirpar del
alma catalana el amor a España es una obra nacida del odio.
Pero que el nacionalismo siembra el odio en las masas es
algo requetesabido. Conviene recordar en esta noche de oscuros
presagios, sin embargo, que ese odio ha tenido unos jardineros que han
mimado su planta venenosa, regándola amorosamente, abonándola con
solicitud y mimo, para que pudiera florecer y brindar los frutos
pútridos que hoy saboreamos. Y esos jardineros del odio fueron, en
primer lugar, los llamados «padres de la Constitución», que se sacaron
de la manga aquel término ambiguo y desquiciado de «nacionalidades» y
urdieron un régimen autonómico sin ningún anclaje en nuestra tradición
política, con el único propósito de sobornar a los nacionalistas e
incluirlos en el llamado «consenso democrático» (que, como se sabe, es
el lugar de encuentro de la gente sin principios). Y, tras estos
padrecitos constitucionales, hemos de citar como jardineros conspicuos
del odio a los sucesivos presidentes del Gobierno español, tanto
socialistas como populares, que para mantenerse en la poltrona (o por
debilitar al adversario) se han conchabado con el nacionalismo,
dejándole hacer lo que le saliese del mimi en Cataluña a cambio de apoyo
en Madrid.
Entre estos jardineros del odio hay que nombrar, por
supuesto, al adán de Zapatero, que muy neciamente afirmó que apoyaría
«la reforma del Estatuto que aprobase el Parlamento catalán». Pero
también a Aznar, que mientras hablaba catalán en la intimidad y
desbarataba la sección catalana de su partido, aprobaba la inmersión
lingüística, permitía que se multase a quien rotulase en catalán,
favorecía que la Guardia Civil y la Policía Nacional fuesen apartadas de
Cataluña y terminaba de entregar las competencias educativas a los
nacionalistas. Y no podemos olvidarnos, por supuesto, de Felipe
González, que fue el que empezó a entregar tales competencias; y el que
impidió que Jordi Pujol fuese investigado por el escándalo de Banca
Catalana, para que pudiese seguir robando rubias tranquilamente y
poniéndoles piso en Andorra, mientras la planta del odio crecía lozana
en Cataluña. Que últimamente un articulejo mediocre del nefasto González
haya servido como «argumentario» contra la secesión de Cataluña e
inspirado las loas más grotescas da una buena idea del estado de
postración en que se hallan nuestras (risum teneatis) «élites intelectuales».
Ahora que el odio ha provocado en Cataluña aquella gran
sacudida avizorada por Maragall conviene recordar a todos aquellos
jardineros que, desde las poltronas de gobierno, sacrificaron el futuro
de España a cambio de poder satisfacer sus ansias cortoplacistas de
poder. En cualquier nación civilizada estos jardineros del odio habrían
tenido que exiliarse; aquí son tratados como grandes próceres de la
patria.
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