No es un secreto que no me gustan estas fechas. Aparte de recordar a los que faltan, detesto las fiestas multitudinarias donde al final no hablas con nadie porque te pasas el tiempo sirviendo. Total, que todos los años me digo a mí misma que es la última vez, pero luego mis hijos las quieren seguir celebrando y no me queda otra. Tengo el propósito de pasar al menos el fin de año en Canarias, pero nunca lo consigo. Algún día, espero. Luego está el significado religioso que ya prácticamente se ha perdido. Yo intento mantenerlo vivo pero me cuesta mucho entre el aluvión de juguetes, regalos y celebraciones. No invita a la reflexión.
Así que respiro hondo cuando llegan estas fechas, y más profundamente cuando terminan. A pesar de que ahora ya no tengo ni la mitad de líos que tenía hace años, cuando mis hijos eran pequeños. Supongo que algún día me tocará celebrarlas en mi casa pero creo que ya me va a pillar tan mayor que pediremos unas pizzas, porque no me veo yo ya con moral de aprender a hacer cocina de fiesta. Con casi cincuenta años, creo que tampoco sería tanto pedir poder quedarme en casa, pero en fin, así son las circunstancias que me ha tocado vivir. Mientras sigan las abuelas, seguiremos organizando las cenas. Luego ya se verá.
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viernes, 4 de diciembre de 2015
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