Hoy he ido otra vez a la antigua casa de mis padres que ya tiene nuevos dueños. Cada vez que entro salgo con mil cosillas innecesarias que me da lástima dejar allí. Ya quedan pocas cosas. Me he llevado algunos muebles y algunas fotografías. Mis hijas cogieron unos libros y unos cojines. Mi marido un escaner y algo de música. También he rescatado un par de plantas. Yo me llevaría todo con tal de no tirar nada porque me parece una falta de respeto a mi familia. Ya sé que sólo son cosas y es una tontería pero no puedo evitar sentirlo así. Me duele pensar que me quedaré con las llaves pero ya nunca más podré entrar a esa vivienda.
Otros andarán por allí. Harán obras, meterán muebles y estará irreconocible. Otras personas la habitarán y harán suyos los rincones y las vistas. Sus recuerdos convivirán con los nuestros en el mismo espacio pero nada volverá a ser igual. Tengo la suerte o la desgracia de no recordar apenas sobre mis primeros años de vida. Ahora aquello que me lo recordaba ya no nos pertenece. Pero la vida sigue. Intento llevarme la mayor cantidad de cosas posibles que puedo atesorar pero ya se me está acabando el espacio. Tengo que resignarme a la idea de que es imposible conservar el pasado, pero me está costando.
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miércoles, 13 de enero de 2016
viernes, 4 de diciembre de 2015
Navidades
No es un secreto que no me gustan estas fechas. Aparte de recordar a los que faltan, detesto las fiestas multitudinarias donde al final no hablas con nadie porque te pasas el tiempo sirviendo. Total, que todos los años me digo a mí misma que es la última vez, pero luego mis hijos las quieren seguir celebrando y no me queda otra. Tengo el propósito de pasar al menos el fin de año en Canarias, pero nunca lo consigo. Algún día, espero. Luego está el significado religioso que ya prácticamente se ha perdido. Yo intento mantenerlo vivo pero me cuesta mucho entre el aluvión de juguetes, regalos y celebraciones. No invita a la reflexión.
Así que respiro hondo cuando llegan estas fechas, y más profundamente cuando terminan. A pesar de que ahora ya no tengo ni la mitad de líos que tenía hace años, cuando mis hijos eran pequeños. Supongo que algún día me tocará celebrarlas en mi casa pero creo que ya me va a pillar tan mayor que pediremos unas pizzas, porque no me veo yo ya con moral de aprender a hacer cocina de fiesta. Con casi cincuenta años, creo que tampoco sería tanto pedir poder quedarme en casa, pero en fin, así son las circunstancias que me ha tocado vivir. Mientras sigan las abuelas, seguiremos organizando las cenas. Luego ya se verá.
Así que respiro hondo cuando llegan estas fechas, y más profundamente cuando terminan. A pesar de que ahora ya no tengo ni la mitad de líos que tenía hace años, cuando mis hijos eran pequeños. Supongo que algún día me tocará celebrarlas en mi casa pero creo que ya me va a pillar tan mayor que pediremos unas pizzas, porque no me veo yo ya con moral de aprender a hacer cocina de fiesta. Con casi cincuenta años, creo que tampoco sería tanto pedir poder quedarme en casa, pero en fin, así son las circunstancias que me ha tocado vivir. Mientras sigan las abuelas, seguiremos organizando las cenas. Luego ya se verá.
lunes, 9 de noviembre de 2015
Hospital
A veces pienso que soy una mala persona porque estar en el hospital acompañando a un enfermo se me hace interminable. Pensar que hay gente que se pasa meses enteros con las noches incluidas no me hace sentir mejor. Las horas en las hospitales parece que no pasan nunca. Aun teniendo la suerte de contar con habitación privada y televisión aquello parece una cárcel. Aun cuando el enfermo sea tranquilo y no se queje. Será que me produce una cierta claustrofobia y que mi depresión y ansiedad no están para esa clase de pruebas. Pero tomo la medicación y de ese modo consigo soportarlo, pero no llevarlo bien, a eso no llego.
Además, entre ir y venir se me pasan las horas. Luego, llego a casa y está todo manga por hombro. Tengo que recoger la cocina y la ropa. Intentar poner alguna lavadora. Dejar algo de comida medio preparada. Y así un día tras otro. Y hay labores que se van quedando relegadas indefinidamente y es muy desesperante. Cuando tienes una rutina no la valoras lo suficiente hasta que no llega una situación así y te das cuenta de lo bueno que es poder hacer siempre lo mismo. Cuando no sabes cómo ir a la farmacia o cuando llevar los zapatos a arreglar. Cuando no encuentras tiempo ni para hacer la compra, entonces lo aprecias de verdad.
Además, entre ir y venir se me pasan las horas. Luego, llego a casa y está todo manga por hombro. Tengo que recoger la cocina y la ropa. Intentar poner alguna lavadora. Dejar algo de comida medio preparada. Y así un día tras otro. Y hay labores que se van quedando relegadas indefinidamente y es muy desesperante. Cuando tienes una rutina no la valoras lo suficiente hasta que no llega una situación así y te das cuenta de lo bueno que es poder hacer siempre lo mismo. Cuando no sabes cómo ir a la farmacia o cuando llevar los zapatos a arreglar. Cuando no encuentras tiempo ni para hacer la compra, entonces lo aprecias de verdad.
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